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Sanando heridas (por Mariana Clavero)

Fecha: mayo 10, 2016
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“¿Quién puede ayudar al ser humano a admitir su fragilidad, esa fragilidad oculta tras las barreras de sus miedos?” (J. Vanier)

Esta pregunta que hace Jean Vanier – fundador de las comunidades de El Arca- me ha interpretado desde siempre. Soy “chica de barrio alto”, “hija de milico” y del “Bosque de Karadima”… En 13 palabras, la síntesis perfecta de los más hondos prejuicios de mi querido país: prejuicios sociales, políticos y religiosos. Chile es un país bellísimo, pero fragmentado y dividido en profundos prejuicios.

Mi partida – por 3 meses- a la Comunidad original de El Arca, en Trosly (Francia) correspondió a un simple –pero desgarrador- grito de angustia por años y años vividos literalmente en medio del surco de esos prejuicios. Una sociedad y cultura dolorosamente fragmentadas terminaron por fragmentarme a mí también, y todo aquello en lo que había puesto mi confianza.

En la pregunta esencial de cada ser humano ¿cuál es el sentido de mi vida? Se escondía a su vez la pregunta esencial sobre mi historia.

Mi paso por El Arca no fue ni por mucho “la” solución ni “la” respuesta; pero sí fue un eslabón inmensamente significativo en la cadena del sentido de mi vida. Luego de vivir ahí un tiempo, entre los más frágiles de la sociedad, ellos me enseñaron a no tener miedo de mostrarme frágil: soy quién soy porque vengo de donde vengo. Y punto. Soy quien soy porque vengo de Vitacura, porque soy hija de militar y porque participé de la Iglesia El Bosque. Ésa es mi historia! Y ya no tengo ni miedo ni vergüenza de decirlo. En El Arca las personas con discapacidad intelectual me enseñaron a mostrarme tal cuál soy para así poder aceptar al “otro” tal cuál es. Aceptarlo y amarlo, lo que conduce – evidentemente- a un mucho más profundo “aceptarme y amarme”.

Nadie dijo que era fácil, pero me mostraron que es posible. Que “otro mundo” es posible.

De regreso en Chile, no puedo sino agradecer profundamente esos “encuentros transformadores” en que los llamados frágiles de la sociedad me llevaron – con ternura infinita- a admitir mi propia fragilidad. Y me enseñaron que sólo a partir del reconocimiento de la fragilidad de cada uno, podemos encontrarnos con los demás de “igual a igual”, ya que en la fragilidad ya no caben ni los prejuicios, ni las diferencia, ni las barreras de los miedos.

A partir de ese reconocimiento, ya no hay ni colores de piel, ni apellidos, ni barrios que nos separan. Sólo seres humanos, iguales todos en dignidad, iguales todos en fragilidad.